Los hogares están cambiando
Todavía tenemos en la memoria el concepto de familia como la imagen de familia compuesta por la madre, el padre, hijos, hijas y en ocasiones abuelos y abuelas viviendo en la misma casa.
Ese modelo, en la actualidad, ya no define la realidad de buena parte del país. Poco a poco España ha ido viviendo una transformación en su modo de convivencia. Hoy, a pesar de los altos precios del alquiler, cada vez, los hogares son más pequeños y la forma de convivir se ha diversificado. No es una anécdota estadística, sino uno de los grandes cambios sociales de nuestro tiempo.
El último estudio del Observatorio Social de la Fundación “la Caixa”, Hogares en transformación en España y Portugal, pone cifras a esa evolución. Entre 1991 y 2022, el tamaño medio del hogar en España pasó de 3,3 a 2,4 personas. En Portugal, la reducción fue similar: de 3,1 a 2,5. En paralelo, los hogares unipersonales se dispararon un 81 % en España y un 53 % en Portugal, mientras que los hogares de cinco personas o más se desplomaron más de un 70 % en ambos países.
Detrás de estos datos hay un cambio estructural en la manera de vivir. Ya no se trata solo de que haya más viviendas o más población, sino de que convivimos de otra forma. Según el estudio, la reducción del tamaño medio de los hogares explica por sí sola el 68 % del aumento del número total de hogares en España. Es decir, una parte muy importante del crecimiento residencial no responde a que seamos más personas más, sino a que vivimos en unidades más pequeñas.
¿Por qué ocurre esto? La respuesta es múltiple. Por un lado, influye el envejecimiento de la población. Cada vez hay más personas mayores —especialmente mujeres— que viven solas tras enviudar o después de largos periodos de vida independiente. Por otro, pesan la caída de la fecundidad, el retraso en la formación de pareja, las separaciones y divorcios, y una trayectoria vital menos lineal que en generaciones anteriores.
Estos datos dejan una conclusión inequívoca. Ahora pasamos más tiempo en soledad.
El informe lo resume con un dato especialmente elocuente: entre 1991 y 2022, el promedio de años que una persona vive sola en España pasó de 3,8 a 7,5 años. En Portugal subió de 4,2 a 5,8. Vivir solo o sola, por tanto, ha dejado de ser una etapa marginal o excepcional para convertirse en una experiencia mucho más frecuente a lo largo del ciclo vital.
Ahora bien, este auge de los hogares unipersonales admite lecturas distintas. En algunos casos, vivir solo/a puede ser una expresión de autonomía, bienestar o libertad de elección. En otros, puede estar vinculado a la soledad no deseada, la precariedad o la falta de apoyos, especialmente entre personas mayores. Por eso, el reto no consiste solo en contar hogares, sino en entender qué necesidades sociales, emocionales y materiales hay detrás de ellos.
La transformación de los hogares obliga a repensar políticas de vivienda, cuidados, urbanismo y servicios públicos. Si cada vez más personas viven solas, harán falta más viviendas asequibles, más redes comunitarias y una mejor respuesta frente a la soledad. El hogar está cambiando. Y comprender ese cambio es imprescindible para anticipar la sociedad que viene. Si elegimos vivir solos o solas en casa, no perdamos de vista que la vinculación con otras personas cercanas, en el territorio, en el barrio, en actividades que nos gustan, es tan importante para nuestra salud y bienestar como el mismo techo que nos cobija.

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