Cine, mujer y soledad

Hay realidades que apenas ocupan espacio en las conversaciones cotidianas. Permanecen en un segundo plano, silenciosas, hasta que algo —a veces una historia, a veces una película— nos obliga a mirarlas de frente. Este año, el cine español nos ha ofrecido precisamente esa oportunidad: detenernos en la soledad que atraviesa la vida de muchas mujeres con discapacidad, especialmente de aquellas cuya forma de comunicarse queda fuera de lo que la mayoría considera “normal”.

La película Sorda ha sido uno de los grandes descubrimientos del cine reciente. En la edición de los Premios Goya de 2026 se llevó tres galardones importantes: mejor dirección novel para Eva Libertad, mejor actriz revelación para Miriam Garlo y mejor actor de reparto para Álvaro Cervantes. Más allá de los premios, la película ha logrado algo aún más valioso: abrir una ventana hacia la experiencia cotidiana de muchas mujeres sordas que viven en un entorno mayoritariamente oyente.

A través de su historia, Sorda nos invita a reflexionar sobre algo que a menudo pasa desapercibido: la desesperación que puede provocar no sentirse comprendida en el propio entorno.

Para muchas personas sordas, la sensación de aislamiento aparece cuando el mundo se organiza sin tener en cuenta su manera de comunicarse. Basta pensar en situaciones aparentemente simples: una reunión donde las intervenciones se suceden demasiado deprisa, un encuentro en el que nadie conoce la lengua de signos o una conversación que se da por terminada antes de que todos hayan podido participar. Son pequeños momentos cotidianos que, repetidos una y otra vez, van levantando una barrera invisible.

La película de Eva Libertad pone precisamente el foco en esa frontera silenciosa.

Su protagonista, Ángela —interpretada por Miriam Garlo—, es una mujer sorda que espera su primer hijo junto a su pareja oyente. Durante el embarazo comienzan a aparecer preguntas que van mucho más allá de la maternidad: cómo se comunicará con su hija, cómo la percibirá el mundo o si la sociedad está realmente preparada para aceptar otras formas de escuchar y de expresarse.

Las dudas que la acompañan no tienen que ver únicamente con el hecho de convertirse en madre. También nacen de la presión constante por demostrar que puede hacerlo. Muchas mujeres con discapacidad conocen bien esa mirada externa que cuestiona, sobreprotege o juzga. La sensación de tener que justificarse continuamente genera distancia, incluso cuando quienes están alrededor actúan con buena intención.

Y es ahí donde la película acierta con especial sensibilidad. Porque Sorda no cuenta solo una historia sobre maternidad. En realidad, retrata la vida de una mujer que se mueve en un entorno donde las dificultades de comunicación terminan convirtiéndose en barreras emocionales y sociales.

Ángela no vive aislada. Tiene pareja, familia y personas que se preocupan por ella. Sin embargo, en muchas ocasiones se siente sola. La película muestra con delicadeza una verdad que a veces olvidamos: la soledad no siempre tiene que ver con estar físicamente sin compañía. Existen otras formas de soledad: la lingüística, la cultural, la social.

A veces basta con no compartir el mismo código para que el mundo se vuelva más distante.

Ningún ser humano es invisible

Uno de los mensajes más poderosos de la película es el que tiene que ver con la invisibilidad. Las mujeres con discapacidad —y en particular las mujeres sordas— rara vez ocupan el centro de las narrativas sociales. Apenas aparecen en historias sobre trabajo, amor, maternidad o vida cotidiana. Su presencia en los medios, en la política o incluso en la cultura sigue siendo limitada.

Por eso resultó tan significativo el momento en el que Miriam Garlo recogió su premio en los Goya y quiso lanzar un mensaje claro al público:
“Ninguna persona sorda es muda. Tenemos identidad y voz propia, aunque no sea oral.”

La frase resume un malentendido histórico. Durante mucho tiempo se ha confundido el silencio con la ausencia de voz. Pero las personas sordas sí tienen voz. Lo que ocurre es que no siempre se ha hecho el esfuerzo necesario para escucharla.

En su discurso, la actriz fue aún más lejos y aprovechó el momento para reclamar una sociedad más consciente de esta realidad. Sus palabras resonaron con fuerza en el auditorio:

“Este premio es para las mujeres sordas… La violencia de la no comunicación es la violencia de la invisibilidad. Sin comunicación somos muebles. Sin comunicación no hay respeto. Sin respeto somos un fracaso cultural como sociedad. Aprendamos lengua de signos si podemos, y si no podemos, usemos el cuerpo, nuestra inteligencia y nuestro arte para comunicarnos. Sin límites. Sin miedo. Sin vergüenza. Porque ningún ser humano es invisible.”

Su mensaje no era solo un agradecimiento. Era también una llamada de atención. Una invitación a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con quienes se comunican de forma diferente.

En la piel de esa mujer

La soledad que viven muchas mujeres no es un tema nuevo para el cine español. Algunas películas han sabido retratarla con enorme sensibilidad.

Una de las más recordadas es Te doy mis ojos, dirigida por Icíar Bollaín. En ella conocemos la historia de Pilar, una mujer atrapada en una relación marcada por el control y la violencia psicológica. A simple vista, Pilar no está sola: tiene un marido, una familia y una casa. Sin embargo, su vida está atravesada por un profundo aislamiento emocional. Su soledad nace del miedo, del silencio impuesto y de la dificultad para expresar lo que realmente está viviendo.

Si ponemos en paralelo esta historia con la de Ángela en Sorda, aparece un punto de encuentro interesante. Las dos protagonistas experimentan una forma de soledad que no depende de si están acompañadas o no. La clave está en la posibilidad de expresarse.

Cuando una mujer no puede hablar libremente —ya sea por miedo, por violencia o por barreras de comunicación— aparece una sensación de aislamiento especialmente dolorosa. No es solo la falta de palabras; es la sensación de que nadie llega a comprender lo que una siente.

El cine tiene la capacidad de mostrarnos estas experiencias desde dentro. Nos permite acercarnos a realidades que quizá no forman parte de nuestra vida cotidiana. Y en ese sentido cumple una función social muy valiosa.

Romper las barreras de comunicación es un paso fundamental. A veces implica aprender lengua de signos. Otras veces basta con algo más sencillo: mirar de frente a la persona con la que hablamos, facilitar que participe en la conversación o ser conscientes de que no todos vivimos la comunicación de la misma manera.

Por eso merece la pena celebrar las películas que abren esta conversación. Celebrar el cine que nos ayuda a mirar de otra manera. Celebrar también la lengua de signos, la diversidad de voces y la empatía.

Si al leer estas líneas te has sentido identificada con alguna de estas emociones —si en algún momento te has sentido sola, incomprendida o invisible— o si conoces a alguien que pueda estar pasando por algo parecido, recuerda que no estás sola. En la ciudad de Madrid existen espacios pensados precisamente para encontrarse, compartir y crear comunidad. El Proyecto de Prevención de la Soledad No Deseada ofrece actividades y encuentros en los Centros Municipales de Salud Comunitaria. Las puertas están abiertas.

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